Los colores de Estambul

Una ciudad que tiene más de 4.000 años y que fue capital de dos imperios muy poderosos, el bizantino y el otomano, es un verdadero museo que hay que descubrir con mucho detenimiento.

Poco queda de aquellos primeros colonos; hoy Estambul tiene el sello de sus últimos conquistadores, los turcos, con algún toque griego adaptado al islam y con los majestuosos minaretes de su Mezquita Azul.

Los monumentos históricos más importantes pueden visitarse en un par de días porque hay poca distancia de unos a otros.

Nuestra visita comenzó con un desayuno turco: quesos tiernos, huevos revueltos, tomates, aceitunas, pepinos, zumos de frutas, mermelada, yogures y los famosos panecillos simit, todo acompañado con un buen té o café.

Un inciso respecto al café. El café turco se prepara de manera similar a la malta, se hierve el café muy molido con el agua y en la taza se pone todo junto, así que llega un momento en el que además de beber, empiezas a tragar parte del café. Con su poso dicen se puede leer el futuro, naturalmente sólo aquellos que saben hacerlo.

Desde la ventana del hotel y mirando hacia la mezquita que tenemos delante, sentimos los primeras oraciones de los almuecines. En la calle griterío y movimiento de gente.

La ruta comenzó visitando el Mercado Egipcio o Bazar de las Especias, uno de los lugares que con más cariño recordaré siempre porque me gustó mezclarme con los habitantes de la ciudad y sumergirme de lleno en una cultura diferente.

Es el paraíso para los amantes de la fotografía por los miles de colores diferentes que puedes encontrar; para los amantes de los olores también, por sus elixires, lociones, especias y para los amantes de los sabores por sus tés, cafés, aceites, dulces artesanales , frutos secos …. Es un bazar digno de las 1001 noches. El ambiente que hay alrededor es muy bullicioso y puedes encontrar imágenes muy exóticas.

Más tarde, después de sortear todo tipo de vendedores ambulantes, llegamos al Palacio Topkapi un recomendado por los viajeros y que debe recorrerse sin prisa para disfrutarlo. Mi consejo es que hay que seleccionar qué ver porque si no la visita se hace larga.

Seguro que para los amantes de los museos es un lugar alucinante, pero en mi caso se hizo un poco pesado. Lo mejor: las magníficas vistas sobre el Bósforo desde la terraza de mármol.

Después de una comida ligera seguimos nuestro camino para visitar la Mezquita Azul, que con sus seis minaretes la convierten en la más elegante de la ciudad. Magnífica, soberbia, imponente, es como si desafiara al mundo.Para entrar, al igual que en el resto de las mezquitas, se debe llevar ropa apropiada y descalzarse antes de entrar. Las mujeres, los hombros y el pelo tapado.

Al cruzar la puerta lo primero que llama la atención es la gran alfombra que cubre todo su espacio. Su limpieza es exhaustiva porque un encargado la aspira una y otra vez. Luego la vista se dirige rápidamente al techo, hacia la cúpula central. Y, finalmente, notas una suave tonalidad azul. Doscientos sesenta ventanales colocados en cinco niveles permiten una filtración de luz que se refleja en los más de veinte mil azulejos de color azul. Impresionante!

La llamada a la oración siempre es en árabe y es normal que los turcos no entiendan nada de lo que dicen porque pocos de ellos hablan esta lengua. Ahora mismo sólo un 15% de los turcos son musulmanes practicantes y en las mezquitas se ve sobre todo gente mayor.

Ante esta mezquita está su rival en belleza, Santa Sofía. En la explanada de delante hay un parque con bancos y vale la pena sentarse un rato y admirar las dos edificaciones, respirar profundamente y sentirte afortunada por estar aquí.

En la inauguración de Santa Sofía, dicen que Justiniano dijo: “Oh Salomón, te he superado” Desde entonces su obra sigue levantando elogios y a mí me robó un trocito de corazón. Me gustó mucho, mucho.

Los otomanos la transformaron en mezquita y hoy es un museo abierto a todas las creencias. Es un ejemplo de cómo la belleza es capaz de sobrevivir a la destrucción de las religiones. Su interior lo pisaron romanos, griegos, musulmanes, incluso dicen que los vikingos, y todos quisieron que su huella perviviera en ella.

La entrada es un poco cara, pero vale la pena porque es un lugar impresionante por su tamaño, por la belleza de su interior, sus bellos mosaicos bizantinos, sus luces, las altísimas columnas, los medallones decorativos , la gigantesca cúpula que parece flotar por la ausencia de columnas … Un paraíso para los amantes del arte!

Me despido de Santa Sofía pensando que es uno de los edificios más bellos que yo nunca he visto.

Cerca de estas mezquitas se encuentra el Hipódromo, una plaza ajardinada famosa por sus antiguas carreras de caballos y que hoy sirve de punto de encuentro las noches de Ramadán. En este lugar se conserva el Obelisco de Teodosio, la Columna Serpentina, la Fuente del Emperador y el Obelisco de Piedra.

Acabamos el día en el Gran Bazar que es uno de los mayores atractivos de esta ciudad para los viajeros ávidos de compras. (No es mi caso)

No visitarlo es como viajar a Marrakech y no recorrer su zoco. Sus más de 3.600 puestos de colores son un paseo que os llevará todo el tiempo que deseéis dedicar. Cientos de vendedores esperan con ansia negociadora y es fácil perderse en este impresionante mercado cubierto. Así que vuelves a caminar por pasillos que ya has caminado y nunca llegas a donde quieres llegar.

A pocos metros de Santa Sofía está la Gran Cisterna, construida en el año 532 en pocos meses. Era el lugar donde se almacenaba el agua que se llevaba a través del acueducto de Valente. Dentro del espectáculo de combinación de luces y la música clásica que suena le da una atmósfera mística.

Callejeando cruzamos el Puente Gálata hasta llegar al muelle de Eminön donde salen los barcos que hacen los cruceros por el Bósforo, estrecho que separa los dos continentes y une el Mar Negro con el Mar de Mármara.

Bósforo significa “lugar de paso de vaca”. Según la mitología griega, Zeus convierte a su amante embarazada en una vaca para protegerla de su mujer. Su mujer se entera de lo que pasa y envía un tábano para molestar. La vaca se ahoga en el estrecho cuando quiere escapar del tábano. La hija nacida de estos amores, Ceroessa será la madre del fundador de la ciudad, Byzas (de ahí Bizancio)

Las excursiones más económicas se encuentran cerca de los barcos que venden bocadillos de pescado, junto al Puente Gálata. Se organizan paseos de casi dos horas de duración por menos de 10 TL.

Hay recorridos de tres horas (ida y vuelta) en barcos de dos pisos y con muchos turistas a bordo. Se consigue billete para 15 TL, guía en castellano e incluyen varias paradas.

También se montan cruceros de día completo en barco privado, con pocos pasajeros, guía, almuerzo incluido en el barrio de Kumkapi y visita al Palacio de Beylerbeyi.

Una visita a Estambul sin recorrer el Bósforo no está completa. Recorrer es comprender el porqué de su multiculturalidad. Gracias al Bósforo la cultura clásica y la oriental podían comunicarse y comprender.

El horizonte de Estambul, desde la cubierta del barco, es uno de los paisajes urbanos más famosos del mundo y da una perspectiva totalmente diferente de la ciudad.

Una vez embarcados, durante el paseo, vemos el barrio bohemio de Ortakoy, las fortalezas de Anatolia y Rumelia, las típicas casas de madera “Yali” y el palacio de Beylerbeyi.

Vemos, también, impresionantes viviendas situadas a lo largo de la costa y que son residencia de personas, turcas y extranjeras, con un elevado nivel de renta.

No recuerdo ya más nombres porque dejo descansar mi libreta viajera y me dejo llevar por el encanto de Estambul al atardecer.

Al bajar, una de las estampas más auténticas son los pescadores que a lo largo y ancho del Puente Gálata pasan las horas esperando conseguir la mercancía deseada.

Bajo el puente se encuentra un gran número de restaurantes que no os recomiendo, ya que aunque a primera vista parezca una buena idea quedarse a degustar los platos que insistentemente te ofrecen, no son los mejores lugares para degustar el preciado pescado. Eso sí, las vistas que desde allí contemplas son insuperables. La noche acaba vagando por los alrededores. Vemos vendedores ambulantes, jóvenes haciendo hogueras y asando pescado con una cerveza Elba en la mano, Sentimos el olor a mar, a pescado frito y narguile de manzana o cacao. Como fondo siempre el sonido de las gaviotas.

El Puente Gálata puede ser un hermoso resumen de Estambul.

Después de dos días completos de palacios, basílicas y mezquitas decidimos darnos un respiro de tanta historia y hacer lo que más nos gusta cuando viajamos: pasear, pasear, pasear para mirar, observar y fotografiar cualquier cosa que nos llame la atención .

El último día la hemos dedicado a lo que dicen es el corazón de esta efervescente ciudad, el barrio de Beyoglu, al otro lado del Puente Gálata. Hubo un tiempo que este barrio recibía el nombre de Pera y era el lugar de asentamiento de embajadas y de mercaderes griegos y armenios. Tenía un sabor más europeo que oriental. Se dice que en sus adoquinadas calles se escuchaba hablar más de 40 idiomas y la nobleza que llegaba en el Orient Express se quedaba. Tuvo uno de los primeros tranvías eléctricos del mundo, el Tünel, que aún funciona. Tras el traslado de la capital a Ankara todo cambió y hubo un periodo de letargo de su actividad, pero actualmente vuelve a estar en plena ebullición.

Decidimos tomar el funicular (Tünel) en la zona de Karaköy para que nos dejara en la plaza de Taksim. El ambiente que hay en esta plaza por las tardes es espectacular, todos estamos de acuerdo que nos gusta este revuelo de comercios, puestos de castañas, heladerías ambulantes, mimos y ríos de gente entre las que nos dejamos llevar.

De allí surge una de las principales arterias comerciales de la ciudad, Istiklal Caddesi (Avenida de la Independencia), una avenida peatonal de más de 2 km por donde cada día circulan miles de personas y que se puede recurrir utilizando un nostálgico tranvía rojo de vagones antiguos.

La calle Istiklal y sus alrededores tienen montones de bares, cafés, restaurantes, tiendas para todos los bolsillos y gente, mucha gente.

Después poco a poco llegamos a Torre Gálata situada en el centro de este histórico barrio. Esta torre de unos 60 metros de altura se aprecia casi por toda la ciudad y uno de los motivos que tenemos para visitarla es por la magnífica vista panorámica de 360º que tiene desde arriba.

He salido al balcón que rodea la torre y mirando estas vistas tan espectaculares he estado consciente de que tengo ante mí una de las ciudades más bonitas que hemos visitado … Y desde este lugar me despido de ella hasta siempre.

A la Jubileta Elvira li agrada viatjar amb la seva furgoneta buscant racons interessants, fotografiar-los i prendre apunts a la llibreta viatgera per recollir sentiments i emocions que inspirin després relats al seu blog http://jubiletainquieta.blogspot.com/
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