Viajar y relatarlo: una intro a la escritura creativa para blogueros curiosos

En la era de la inteligencia artificial para todo y del contenido con una vida útil de veinticuatro horas… ¿qué sentido tiene sentarse a escribir para contar un viaje? Pues el mismo que el que le dio Homero a la Odisea hace dos mil ochocientos años: compartir con el mundo lo fabuloso que es moverse por él y todo lo que se aprende viajando. Eso, y algo mejor todavía: volver a vivir la experiencia viajera, mirarla con otros ojos y, sobre todo, pasar un buen rato con uno o una misma.
El pasado 20 de mayo, Sergio García i Rodríguez, editor de Singularia.blog, miembro de Barcelona Travel Bloggers y autor del libro ‘Colores de Francia: un viaje cromático por el país’ (Anaya Touring), ofreció a las compañeras y compañeros de la asociación, el taller “Viajar y relatarlo: una intro a la escritura creativa para blogueros curiosos”, celebrado en las oficinas de Heymondo en Barcelona.
Durante una hora y media, Sergio compartió con el grupo algunas técnicas básicas para tejer los hilos de un relato viajero con un toque creativo y personal, y algunas ideas prácticas para aplicarlas a contenidos de todo tipo, desde posts para blog hasta copies de Instagram.
El taller abordó las raíces de los relatos de viajes —¿desde cuándo viajamos y por qué lo contamos?—, los elementos indispensables de una historia —el tema, el arco y los personajes— y varias técnicas y maneras de estructurarlos para crear textos que potencien y diferencien a la marca personal de cada uno de los blogueros, que conecten con la audiencia y que hablen no solo del viaje, sino del viajero o viajera que está detrás de ellos. Para finalizar la sesión, los asistentes pusieron en práctica lo trabajado redactando un microrrelato viajero. A continuación van algunos de ellos.

Un ramo sobre la mesa
Esta mañana me he levantado más tarde de lo normal y me esperaba una sorpresa muy entrañable. De esos pequeños detalles que llenan el día de cariño sin hacer ruido.
Joseph me había dejado un sencillo ramo verde de hierbas aromáticas en un jarrón, encima de la mesa de la cocina.
Mi rutina de cada mañana es preparar el almuerzo como si fuera a recibir, en la mejor mesa, a unos invitados queridos: zumo, pan tostado, mantequilla, mermelada casera y mi jamoncito ibérico con aceite de nuestras arbequinas. Después, café caliente y sin azúcar.
El ramo ha presidido la mesa durante todo el desayuno.
—Es mi gesto por tantos detalles que tienes conmigo —me ha dicho.
Y yo he pensado que mi pequeña escapada de hoy, cámara en mano, sería al rincón de las aromáticas.
Después de varios días en los que cada tarde cae un buen chaparrón, las plantas están exultantes. El sol y la lluvia forman una danza maravillosa que lo transforma todo.
La menta, el tomillo, la salvia, la lavanda y la hierba luisa han crecido muchísimo.
Todo listo para llamar a mi hortelano
Joseph había podado un poco para que las aromáticas no se desmadraran y, al remover la tierra, el aire se ha llenado de perfume.
Entonces he pensado que quizá deberíamos guardar esos aromas en pequeñas bolsitas atadas con un lazo lila —del color de la lavanda— y regalarlas a todas las personas que queremos.
Porque hay afectos que también huelen a hogar.
Elvireta, del blog “Jubileta Inquieta”
¿Sabéis esos días en los que todo va mal…o casi?
¿Sabeis esos días que ya empiezan mal y sabes que no van a mejorar?
Eso fue lo que le pasó a Carolina cuando despertó sola en una litera de un hostal en Victoria, Canadá.
Cómo llegó allí es otra historia. Lo que necesitaba era salir de la isla.
Lo tenía todo pensado: iría a primera hora y cogería el primer ferry rumbo a su ciudad natal, Seattle. El plan estaba hecho, pero la batería del móvil había decidido no apuntarse a él y el cargador se había unido a la revolución.
Levantarse sabiendo que ya no cogería el ferry, le desmotivaba. Pero decidió acercarse al muelle igualmente para buscar un plan B.
Salió tan rápido como pudo. Recordaba que había otro a Port Angeles y quizá llegaba a tiempo.
Tan rápido llegó que se había dejado la cartera con la documentación y el dinero en el hostal.
Estaba a punto de venirse abajo cuando, llena de coraje, decidió que no acababa ahí la historia, que volver y salir de allí era su objetivo y lo debía cumplir. Tan decidida estaba que no vio a la persona que venía en su dirección y con la que chocó estrepitosamente cayendo de culo.
¡No podía creer su suerte! Era el recepcionista del hostal que había salido en su busca con la cartera y el pasaporte.
Llegó justo a tiempo para montar al ferry. Ya pensaría qué hacer al llegar a Port Angeles. Lo que sabía con certeza es que ya no estaba en la isla, en Victoria o en Canadá. Y que volvería a casa, a EEUU. Esa pesadilla había acabado.
Irene Ferre, del blog “Wanderfoodiegirl“
Perdidos en la medina
El aroma a azafrán, mezclado con el cuero curtido y la menta fresca, me embargaba mientras recorríamos los mil puestos de la medina.
Sin prisa, sin mapas, sin rumbo fijo, pero juntos. Los gritos de los vendedores procedían de todas las direcciones mientras me dejaba envolver por el ambiente. Por fin había llevado a los míos hasta el zoco, aquel lugar que me traía tan bellos recuerdos y en el que se encontraba el origen de lo que somos ahora.
De pronto, una voz nos indicó un camino. La seguimos una de mis hijas y yo, mientras perdíamos al resto de la familia entre las callejuelas laberínticas y estrechas. Solo hizo falta un minuto; ese tiempo fue suficiente para sumergirnos en el caos y no poder contactar con ellos. Ahí estábamos, en medio de mil olores, colores y sabores, añorando lo que habíamos querido dejar en casa: el Google Maps, porque queríamos disfrutar al cien por cien de nuestra aventura.
Pero de pronto, vestida con una chilaba de pedrería —o quizá fuera un caftán—, en medio del zoco apareció como un hada madrina para salvarnos. Lo más bonito de esta historia es que, ante nuestro desconcierto, todo el zoco se movilizó: los vendedores, los paseantes, los aguadores…
Algo se transformó en una fuerza humana brutal, en un único ente. Una serie de personas, unidas por el simple altruismo, gritaban entre las calles preguntando a todos con los que se cruzaban: «¿Eres la familia? ¿Tú eres la familia?».
Los encontraron y se plantaron delante del resto de mi familia con los brazos abiertos, una sonrisa y grandes abrazos. A veces, lo mejor es perderse para volver a encontrarse, ¿No creeís?
Aquello fue una fiesta.
Montse Arnaus, del blog “Mis chicos y yo”
Arigatō Gozaimasu (Gracias)
Era un día soleado de mayo donde los niños salían hacia la escuela llevando esa mochila roja-sakura que me transportaba a los árboles del Japón más rural y con un olor fascinante
Iban hacia su autobús muralizado de Doraemon, y en una de sus paradas podrían degustar los productos de máquinas de bebidas frías y calientes en medio de una carretera
No podía dejar de pensar en que todos estos momentos nunca los había vivido en directo, pero tenía la sensación de que sí, gracias a amigos bloguers que habían viajado tantas veces que me hacían relatarlo como si fuera real, como si ahora mismo estuviera sobrevolando el Monte Fuji, en el vuelo BCN-HND (Barcelona-Haneda)
Montse Esterlich, del blog “Los Viajes de la Esterlich“
Testigo de una lucha
Me alzo imponente en la ciudad condal desde hace más de 100 años. He visto las calles cambiar, las floristerías convertirse en tiendas de regalos y los bares de toda la vida desaparecer para dar paso a tiendas impersonales en las que puedes comprar cerveza a cualquier hora del día.
Veo cada día a turistas recorrer mi interior, maravillarse con los colores que entran por mis vidrieras. Vienen de todas partes del mundo, hacen miles de fotografías y pagan lo que se les pida por verme.
Los distintos idiomas, las ropas estrambóticas de los asiáticos y las cámaras de fotos se han convertido en mi rutina.
Sin embargo, el otro día, algo alteró mi monótona existencia. Por primera vez en muchos años, mis puertas no pudieron abrir.
Una marea amarilla llegó con pancartas, pupitres y gritos y, ante las miradas atónitas de los turistas, impidieron el paso a aquellos que querían entrar.
Estuve observándolos atentamente, maravillado ante cómo luchan fervientemente por eso en lo que creen.
Me di cuenta de que muchos a su alrededor no lo entienden, pero ojalá se dieran cuenta de que si no los escuchan, el futuro de sus hijos e hijas está en juego.
¿Ganarán esta lucha? ¡Quién sabe! Pero yo seguiré aquí esperándolos para la próxima batalla.
Irene Iglesias, del blog “La elegancia de viajar”



